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Sartre: la mala fe/es

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la «mala fe»

Si el hombre es lo que es, la mala fe es para siempre jamás imposible y la franqueza deja de ser su ideal para convertirse en su ser; pero, ¿el hombre es lo que es? [...] Pero, ¿qué somos,pues, si tenemos la obligación constante de hacernos ser lo que somos ? Consideremos a ese mozo de café. Tiene el gesto vivo y marcado, algo demasiado fijo, algo demasiado rápido; acude hacia los parroquianos con paso un poco demasiado vivo, se inclina con presteza algo excesiva; su voz, sus ojos expresan un interés quizá excesivamente lleno de solicitud por el encargo del cliente; en fin, he aquí que vuelve, queriendo imitar en su actitud el rigor inflexible de quién sabe qué autómata, no sin sostener su bandeja con una suerte de temeridad de funámbulo, poniéndola en un equilibrio perpetuamente inestable, perpetuamente roto y perpetuamente restablecido con un leve movimiento del brazo y de la mano. Toda su conducta nos parece un juego. Se aplica a engranar sus movimientos como si fuesen mecanismos regidos los unos por los otros, su mímica y su voz mismas parecen mecanismos; se da la presteza y la rapidez inexorable de las cosas. Juega, se divierte, Pero, ¿a qué juega? No hay que observarlo mucho para darse cuenta: juega a ser mozo de café. No hay en ello de qué sorprenderse: el juego es una especie de descubrimiento e investigación. El niño juega con su cuerpo para explorarlo, para inventariarlo; el mozo de café juega con su condición para realizarla. Esta obligación no difiere de la que se impone a todos los comerciantes: su condición está hecha de pura ceremonia, el público reclama de ellos que la realicen como ceremonia; existe la danza del almacenero, del sastre, del tasador, por la cual se esfuerzan por persuadir a sus clientes de que no son nada más que un almacenero, un tasador, un sastre. Un almacenero perdido en sueños es ofensivo para el comprador, pues ya no es del todo un almacenero. La cortesía exige que se circunscriba a su función de almacenero, como el soldado que presenta armas y se hace co-soldado con una mirada directa pero que no ve, que no está hecha ya para ver, pues el reglamento y no el interés momentáneo determina el punto en que debe fijarla (la mirada «fijada a diez pasos de distancia»). ¡Cuantas precauciones para aprisionar al hombre en lo que es! Como si viviéramos en el perpetuo temor de que se escape, de que desborde y eluda de repente su condición. Pero ocurre que, paralelamente, el mozo de café no puede ser mozo de café desde dentro e inmediatamente, en el sentido en que este tintero es tintero, o el vaso es vaso. No es que no pueda formar juicios reflexivos o conceptos sobre su condición. Él sabe bien lo que ésta «significa»: la obligación de levantarse a las cinco, el barrer el piso del despacho antes de abrir, de poner en marcha la cafetera, etc. Conoce los derechos que ella lleva consigo: el derecho a la propina, los derechos sindicales, etc. Pero todos esos conceptos, todos estos juicios, remiten a lo trascendente. Se trata de posibilidades abstractas, de derechos y deberes conferidos a un «sujeto de derechos». Y precisamente es éste el sujeto que yo debo-de-ser y que no soy. No es que yo no quiera serlo ni que sea otro. Más bien, no hay medida común entre su ser y el mío. Él es una «representación» para los otros y para mí mismo, lo que significa que no puedo serlo sino en representación. Pero, precisamente, si me lo represento, no lo soy; estoy separado de él como el objeto del sujeto, separado por nada, pero esta nada me aísla de él, yo no puedo serlo, no puedo sino jugar a serlo, es decir, imaginarme que lo soy, y, por eso mismo, lo afecto de nada. Por mucho que cumpla mis funciones de mozo de café, no puedo serlo sino en el mozo neutralizado, como el actor es Hamlet, haciendo mecánicamente los gestos típicos de mi estado y viéndome como mozo de café imaginario a través de esos gestos tomados como «analogon». Lo que intento realizar es un ser-en-sí del mozo de café, como si no estuviera justamente en mi poder conferir a mis deberes y derechos de estado su valor y su vigencia, como si no fuera de mi libre elección el levantarme todas las mañanas a las cinco o quedarme en la cama, a riesgo de hacerme despedir. Como si, por el hecho mismo de que mantengo en existencia ese papel, no lo trascendiera de parte a parte, no me constituyera como un más allá de mi condición. Empero, no cabe duda de que soy en cierto sentido un mozo de café; si no, ¿no podría llamarme igualmente diplomático o periodista? Pero, si lo soy, no puede ser en el modo del ser-en-sí- Lo soy en el modo de ser lo que no soy. No se trata solamente, por otra parte, de las condiciones sociales; no soy jamás ninguna de mis actitudes, ninguna de mis conductas. El elocuente es el que juega a la elocuencia porque no puede ser elocuente; el alumno atento que quiere ser atento, los ojos clavados en el maestro y todo oídos, se agota hasta tal punto en jugar a la atención que acaba por no escuchar nada. Perpetuamente ausente de mi cuerpo, de mis actos, soy, a despecho de mí mismo, esa «divina ausencia» de que habla Valéry. No puedo decir ni que estoy aquí ni que no lo estoy, en el sentido en que se dice: «esa caja de cerillas está sobre la mesa»; sería confundir mi «ser-en-el-mundo» con un «estar-en-medio-del-mundo»