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Husserl: la producció d'idealitats/es

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§ 63. La actividad originariamente productora corno acto de darse las formaciones lógicas mismas. El sentido de la expresión «producción»

Hemos hablado a menudo de una producción de las formaciones lógicas en la conciencia. Tenemos que precavernos de un equívoco en esta expresión que, mutatis mutandis, afecta a toda expresión sobre constitución de objetividades.

Cuando hablamos de «producción» en cualquier otro contexto, nos referimos a una esfera real. Entendemos por esa expresión una elaboración activa de cosas o procesos reales: algo real, que ya está ahí en el ámbito del mundo circundante, es manipulado, reorganizado o transformado de acuerdo con un fin. Pero en nuestro caso tenemos ante nosotros objetos irreales dados en procesos psíquicos reales que tratamos y conformamos activamente de tal o cual manera, con una temática práctica dirigida a ellos y no a las realidades psíquicas. No es que menospreciemos el hecho de que también en este caso se efectúa en verdad una actividad conformadora, una acción, un estar dirigidos prácticamente hacia metas o fines; como si aquí no se produjera, en una actividad conforme a fines, algo nuevo, a partir de algo ya dado a la acción práctica. De hecho, juzgar (y, por su originalidad, de un modo particular, naturalmente, juzgar cognoscitivo) también es actuar; aunque por principio no se trate de manipular cosas reales, por más obvio que sea que cualquier acción es también una realidad psíquica (una realidad objetiva, siempre que en la actitud psicológica tomemos la judicación por una actividad humana). Pero esa acción, desde su comienzo y en todas sus formaciones de diferentes niveles, tiene en su esfera temática exclusivamente irrealidades; al juzgar se constituye intencionalmente algo irreal. En la formación activa de nuevos juicios, a partir de lo ya dado, estamos en verdad produciendo activamente. Igual que en cualquier acción, las metas de la acción, los nuevos juicios por producir están de antemano ante nuestra conciencia a modo de una anticipación vacía, de contenido aún indeterminado y en cualquier caso todavía sin cumplir: están como la meta a que tendemos y que debe realizarse al darse ella misma; están precisamente como el término de la acción que se va consumando paso a paso.

Aquí no se «manipulan» realidades: no vamos a volver sobre el sentido característico de las objetividades ideales; como dijimos, estamos ciertos de ellas, por su propia evidencia, de modo tan original como de las objetividades reales de experiencia. Por otra parte tampoco vamos a volver sobre el hecho de que también ellas son objetivos producibles, metas finales y medios; y que son lo que son solamente a partir de una producción original. Lo cual no quiere decir, en modo alguno, que sean lo que son solamente en su producción original y mientras ella dure. Si son «en» su producción original, esto significa que en ella se presentan ante la conciencia como cierta intencionalidad en forma de actividad espontánea; se presentan al modo de lo dado originalmente. Este modo de estar dado a partir de la actividad original no es más que su propia especie de «percepción». O lo que es igual, la actividad originante de productos es la «evidencia» de esas idealidades. La evidencia, entendida con plena generalidad, no es justamente más que el modo de conciencia que, constituyéndose en una serie de niveles extraordinariamente complejos, ofrece su objetividad intencional a modo de lo originalmente dado. Esta actividad de conciencia que confiere evidencia (actividad espontánea difícil de investigar) es la «constitución original»; para hablar con mayor precisión: es la actividad que funda primordialmente las objetividades ideales de la especie lógica.

§ 64. La primacía ontológica de los objetos reales frente a los objetos irreales

Como conclusión de esta investigación, añadamos que muchas vehementes oposiciones que no ven bien nuestros descubrimientos fenomenológicos, se suscitan por una errónea comprensión del sentido de nuestra equiparación entre las objetividades ideales con las variantes categoriales de las realidades (como las situaciones objetivas), por una parte, y esas mismas realidades, por la otra. Para nosotros se trataba simplemente de la legitimidad del sentido más amplio de «objeto en general» o «algo en general» y, correlativamente, del sentido más general de evidencia como darse las cosas mismas. En ningún aspecto, salvo en la legítima subsunción de las ideas bajo el concepto de sustrato de predicaciones posibles, hay equiparación alguna entre las objetividades reales y las objetividades ideales, como puede comprenderse precisamente con nuestra doctrina. La realidad tiene una primacía ontológica frente a cualquier irrealidad, por cuanto todas las irrealidades están referidas, por esencia, a una realidad efectiva o posible. Considerar estas relaciones en todas sus facetas y adquirir un conocimiento sistemático del nexo total entre todos los entes efectivos o posibles, entre las realidades o irrealidades, conduce a los problemas filosóficos supremos: los de una ontología universal.