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Hegel: l'esperit/es

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El primer punto a examinar será, pues, la definición abstracta del Espíritu. Digamos ante todo del Espíritu que éste no es una construcción abstracta, una abstracción de la naturaleza humana, sino algo plenamente individual, activo, integralmente vivo: es conciencia, pero también su objeto. En esto consiste la existencia del Espíritu: en tenerse a sí mismo por objeto. El Espíritu es pensante; es un pensamiento que toma por objeto lo que es y lo piensa tal como es. Es saber, y el saber es el conocimiento de un objeto racional. Además, el Espíritu sólo es consciente en la medida en que tiene conciencia de sí. Quiere esto decir que sólo conozco el objeto en la medida en que en él me conozco y conozco mi determinación, en la medida en que lo que soy se ha hecho objeto para mí; en la medida en que no sólo soy esto o aquello, sino lo que conozco. Conozco mi objeto y me conozco a mí mismo. Ambas cosas son inseparables. El Espíritu se hace, pues, una determinada idea de sí mismo, de su esencia, de su naturaleza. Sólo puede tener un contenido espiritual, y es precisamente el elemento espiritual lo que constituye su contenido, su interés. El Espíritu alcanza un contenido que no encuentra ya hecho ante sí, sino que él mismo crea haciendo de sí mismo ese objeto y ese contenido suyos. El saber es su forma y su modo de ser, pero el contenido es el elemento espiritual. Así, por su naturaleza, el Espíritu permanece siempre en su propio elemento; dicho de otro modo, es libre. [...]

Pensarse como Yo es lo que constituye la raíz de la naturaleza del hombre. En tanto que espíritu, el hombre no es algo inmediato, sino esencialmente un ser que vuelve sobre sí mismo. Este movimiento de mediación es un momento esencial del Espíritu. Su actividad consiste en salir de la inmediatez, en negarla y volver de este modo sobre sí mismo. Es, pues, lo que él se hace mediante su actividad. El sujeto, la verdadera realidad, es tan sólo lo que ha vuelto sobre sí mismo. El Espíritu debe ser comprendido únicamente como su propio resultado. Puede explicárnoslo la imagen de la semilla. Con la semilla empieza la planta, pero esa semilla es, a la vez, el resultado de toda la vida de la planta; ésta se desarrolla para producirla. Pero la impotencia de la vida se nos muestra en el hecho de que la semilla es a la vez comienzo y resultado del individuo; de que, como punto de partida y como resultado, es diferente y, sin embargo, idéntica, producto de un individuo y comienzo de otro. Ambos aspectos son distintos en ella como la forma simple de la semilla es distinta del proceso de desarrollo de la planta.

Cada individuo lleva en sí otro ejemplo más preciso. El hombre sólo llega a ser lo que debe por la educación, por el entrenamiento. De modo inmediato, es tan sólo la posibilidad de llegar a ser lo que debe; es decir, racional, libre. Inmediatamente no es más que su destino, su deber ser. El animal termina pronto su formación, pero no debemos considerar esto como un beneficio de la naturaleza. Su crecimiento es tan sólo un refuerzo cuantitativo. Por el contrario, el hombre debe hacerse por sí mismo lo que ha de ser, debe conquistarlo todo por sí mismo, precisamente porque es espíritu. Tiene que desembarazarse del elemento natural. El Espíritu es, pues, su propio resultado. [...]

La forma concreta que el Espíritu reviste (y que concebimos esencialmente como conciencia de sí) no es la de un individuo humano singular. El Espíritu es esencialmente individuo; pero en el ámbito de la historia universal no nos enfrentamos con personas singulares reducidas a su individualidad particular. En la historia, el Espíritu es un individuo de una naturaleza a la vez universal y determinada: un pueblo; y el espíritu al que nos enfrentamos es el espíritu del pueblo. A su vez, los espíritus de los pueblos se distinguen según la representación que de sí mismos se hacen, según la superficialidad o la profundidad con que han aprehendido el Espíritu. El orden ético de los pueblos y su derecho constituyen la conciencia que el espíritu tiene de sí mismo, son el concepto que de sí tiene el Espíritu. Lo que se realiza en la historia es, pues, la representación del Espíritu. La conciencia de los pueblos depende del saber que de sí mismo tiene el Espíritu; y la conciencia última a la que todo se reduce es la de la libertad humana. La conciencia del Espíritu debe darse una forma concreta en el mundo; y la materia de esta encarnación, el suelo en el que arraiga, no es otro que la conciencia general, la conciencia de un pueblo. Esta conciencia contiene y orienta todos los fines e intereses del pueblo; constituye sus costumbres, su derecho, su religión...; forma la sustancia del espíritu de un pueblo y, aun cuando los individuos no sean conscientes de ella, es su supuesto previo. Opera esta conciencia como una necesidad: el individuo se forma en esa atmósfera e ignora lo demás. Sin embargo, no se trata de un simple efecto de la educación. La conciencia de un pueblo no es transmitida al individuo como una lección terminada, sino que se forma a partir de él: es la sustancia en que el individuo existe. [...]

El Espíritu del pueblo es esencialmente un espíritu particular, pero, a la vez, no es otro que el Espíritu universal absoluto, porque éste es único. El Espíritu universal es el espíritu del universo tal como se explicita en la conciencia humana. Entre él y los hombres hay la misma relación que entre los individuos y el todo que es su sustancia. Este Espíritu universal es conforme al espíritu divino, que es el Espíritu absoluto. En la medida en que Dios es omnipresente, existe en todo hombre y aparece en toda conciencia: a eso llamamos espíritu universal. El espíritu particular de un pueblo puede declinar, desaparecer, pero constituye una etapa en la marcha general del Espíritu universal, y éste no desaparece. El espíritu de un pueblo es, pues, el Espíritu universal en una figura particular a él subordinada, pero que debe revestir en la medida en que existe, porque con la existencia aparece la particularidad. La particularidad del espíritu del pueblo se manifiesta en la conciencia específica que del Espíritu tiene.