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Hegel: del bell i les seves formes/es

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Georg W. F. Hegel


En el umbral de toda ciencia se presenta esta doble cuestión: ¿ Existe el objeto de esta ciencia? ¿Cuál es?

En las ciencias ordinarias no presenta dificultad alguna la primera de estas dos cuestiones. Incluso, no se plantea. Sería ridículo preguntarse si en geometría hay una extensión; en astronomía, si el sol existe. Sin embargo, incluso en el círculo de ciencias no filosóficas, puede surgir la duda sobre la existencia de su objeto, como en la psicología experimental y en la teología propiamente dicha.

Cuando estos objetos no nos son dados por los sentidos, sino que los hallamos en nosotros como hechos de conciencia, podemos preguntarnos si no son más que simples creaciones de nuestro espíritu. Así, lo bello ha sido representado como no teniendo realidad fuera de nosotros mismos, sino como un sentimiento, como una fruición, como algo puramente subjetivo.

Esta duda y esta cuestión despiertan en nosotros la necesidad más elevada de nuestra inteligencia, la verdadera necesidad científica, en virtud de la cual un objeto no puede sernos propuesto sino a condición de ser demostrado como necesario.

Esta demostración científicamente desarrollada satisface a la vez las dos partes del problema. Da a conocer, no solo si el objeto es, sino qué es.

En lo que concierne a lo bello en las artes y para probar que es necesario, habría que demostrar que el arte o lo bello son resultados de un principio anterior. Estando fuera de nuestra ciencia este principio, no nos queda más que aceptar la idea del arte como una especie de lema o corolario; lo que, por lo demás, tiene lugar en todas las ciencias filosóficas cuando se las trata aisladamente; pues, formando todas parte de un sistema que tiene por objeto el conocimiento del universo como un todo organizado, están en mutua relación y se suponen recíprocamente. Son como los anillos de una cadena que se cierra sobre sí misma, formando un círculo Así, demostrar la idea de lo bello por su naturaleza esencial y necesaria, es una tarea que no debemos realizar aquí y que pertenece a la exposición enciclopédica de la filosofía en su totalidad.

Lo que es pertinente hacer en esta introducción, es examinar los principales aspectos bajo los cuales el sentido común se representa ordinariamente la idea de lo bello en el arte. Este examen crítico nos servirá de preparación para la inteligencia de los principios más elevados de la ciencia. Colocándonos en el punto de vista del sentido común, vamos a someter a examen las siguientes proposiciones:

  • a) El arte no es un producto de la naturaleza, sino de la actividad humana.
  • b) Está esencialmente hecho para el hombre y, como se dirige a los sentidos, recurre más o menos a lo sensible.
  • c) Tiene su fin en sí mismo.


a) El arte como producto de la actividad humana

A esta manera de considerar el arte se ligan varios prejuicios que es necesario refutar.

Encontramos primero la vulgar opinión de que el arte se aprende conforme a reglas. Pero lo que los preceptos pueden comunicar se reduce a la parte exterior, mecánica y técnica del arte; la parte interior y viva es el resultado de la actividad espontánea del genio del artista. El espíritu, como una fuerza inteligente, saca de su propio fondo el rico tesoro de ideas y formas que desparrama por sus obras.

Sin embargo, para evitar un prejuicio no es preciso caer en el otro extremo, diciendo que el artista no tiene necesidad de la propia conciencia, porque en el momento que crea debe encontrarse en un estado particular del alma que excluye la reflexión; a saber, la inspiración. Sin duda, hay en el talento y en el genio un elemento que no brota más que de la naturaleza; pero necesita ser desenvuelto por la reflexión y la experiencia. Además, todas las artes tienen un lado técnico que no se aprende más que por el trabajo y el hábito. El artista necesita, para no verse detenido en sus creaciones, esa habilidad que le confiere maestría y le permite disponer fácilmente de los materiales del arte.

Pero esto no es todo: cuanto más alto esté colocado el artista en la escala del arte, más debe haber penetrado en las profundidades del corazón humano. Bajo este aspecto hay diferencia entre las artes. El talento musical, por ejemplo, puede desarrollarse en una extremada juventud, aliarse a una gran mediocridad de espíritu y a la debilidad de carácter. Otra cosa ocurre con la poesía. Es aquí, sobre todo, donde el genio, para producir algo maduro, sustancial y perfecto debe haberse formado en la experiencia de la vida y por la reflexión. Las primeras producciones de Schiller y Goethe se hacen notar por la carencia de madurez, por un verdor salvaje y por una barbarie aterradora. Fue a una edad madura a la que se deben esas obras profundas, plenas y sólidas, frutos de una verdadera inspiración, y trabajadas con esta perfección de forma que el viejo Homero ha sabido dar a sus cantos inmortales.

Otra manera de ver, no menos errónea, con respecto al arte considerado como producto de la actividad humana, se refiere al lugar que ocupan las obras de arte comparadas con las de la naturaleza La opinión vulgar juzga las primeras como inferiores a las segundas, basada en el principio de que lo que sale de las manos del hombre es inanimado, mientras que los productos de la naturaleza son orgánicos, vivientes en su interior y en todas sus partes. En las obras de arte la vida no es más que una apariencia superficial; el fondo es siempre de madera, de tela, piedras o palabras.

Pero no es esta realidad exterior y material la que constituye la obra de arte; su carácter esencial es el ser una creación del espíritu, el pertenecer al dominio del espíritu, el haber recibido el bautismo del espíritu; en una palabra, no representar más que lo que ha sido concebido y ejecutado bajo la inspiración y la voz del espíritu. Aque llo que nos interesa verdaderamente, es lo realmente significativo en un hecho o en una circunstancia, en un carácter, en el desenvolvimiento o desenlace de una acción. El arte lo aprehende y nos lo manifiesta de manera más viva, más pura y clara que como se encuentra en los objetos de la naturaleza o en los hechos de la vida real. He aquí por qué las creaciones del arte son más elevadas que los productos de la naturaleza. Ninguna existencia real expresa lo ideal como lo expresa el arte.

Por otra parte, bajo la relación de la existencia exterior, el espíritu sabe dar a aquello que saca de sí mismo, a sus propias creaciones, una perpetuidad, una duración que no tienen los seres perecederos de la naturaleza.

Esta elevada posición propia de las obras de arte, sufre también la crítica de otro prejuicio del sentido común. La naturaleza y sus producciones son, se dice, obras de Dios , de su sabiduría y bondad; los monumentos del arte no son más que obras del hombre. Prejuicio que consiste en creer que Dios no obra en el hombre y por el hombre, y que el círculo de su actividad no se extiende fuera de la naturaleza. Es ésta una opinión falsa, aunque no se puede descartar to talmente si queremos formarnos una verdadera idea del arte. Lejos de ello, es la proposición contraria la verdadera: Dios obtiene mucho más honor y gloria de la actividad del espíritu que del producir de la naturaleza; pues no solamente hay algo de divino en el hombre, sino que lo divino se manifiesta en él bajo una forma mucho más elevada que en la naturaleza. Dios es espíritu y,por consecuencia, el hombre es su verdadero intermediario y su órgano. En la naturaleza, el medio por el cual Dios se revela es de existencia puramente exterior. Lo que no se sabe a sí mismo es más inferior en dignidad que lo consciente.


b) Principio y origen del arte

El arte está reconocido como una creación del espíritu. Puede, pues,preguntarse qué necesidad tiene el hombre de producir obras de arte. Esta necesidad ¿es accidental, es un capricho o una fantasía,o bien una tendencia fundamental de nuestra naturaleza?

El arte tiene su origen en el principio en virtud del cual el hombre es un ser que piensa, que tiene conciencia de sí; es decir, que no solamente existe, sino que existe para sí. Ser en sí y para sí, es reflexionar sobre sí mismo, tomarse por objeto de su propio pensamiento y por ello desenvolverse como actividad reflexiva; he aquí lo que constituye y distingue al hombre, lo que le hace espíritu. Ahora bien, esta conciencia de sí mismo la obtiene el hombre de dos maneras: teórica la una, práctica la otra; una, por la ciencia; la otra, por la acción. Por la ciencia, cuando se conoce a sí mismo en el despliegue de su propia naturaleza, o se reconoce en lo exterior, en lo que constituye la esencia o razón de las cosas. Por la actividad práctica, cuando una tendencia le empuja a manifestarse en lo exterior, en lo que le rodea, y así a reconocerse en sus obras. Alcanza este fin por los cambios que hace sufrir a los objetos físicos,a los cuales marca con su sello, y en los cuales reconoce sus propias determinaciones.

Esta necesidad reviste diferentes formas, hasta llegar a aquel modo de manifestación de si mismo en las cosas exteriores que llamamos arte. Tal es el principio de toda acción y de todo saber. El arte encuentra en él su origen necesario. Cuál sea su carácter especial y distintivo, por oposición a la manera de manifestarse la actividad política, religiosa y científica, es lo que veremos más adelante.

Pero aquí tenemos más de una falsa opinión que refutar en lo que concierne al arte como dirigiéndose a la sensibilidad del hombre y proviniendo más o menos del principio sensible.

Es la primera, aquella que representa el arte como teniendo por fin la excitación de la sensación o del placer. En este sistema,las investigaciones sobre lo bello en las artes se limitan a un análisis de las sensaciones o de las impresiones que nos producen. Pero éstas no pueden conducir a nada fijo y científico. La sensibilidad es la región oscura e indeterminada del espíritu. La sensación, siendo puramente subjetiva e individual, no suministra materia más que a distinciones y clasificaciones arbitrarias y artificiales. Admite como causas los elementos más opuestos. Sus formas corresponden a la diversidad de los objetos: se distingue el sentimiento del derecho,el sentimiento moral, el sentimiento de lo sublime, el sentimiento religioso. Pero, por lo mismo que el objeto se da bajo la forma de sentimiento, ya no aparece en su carácter esencial y propio. Se hace abstracción precisamente del objeto mismo y de su idea, para no considerar más que los diversos estados o modificaciones del sujeto. Todos estos análisis minuciosos de las sensaciones y de las particularidades que éstas pueden ofrecernos concluyen por ser fastidiosas y desnudas de todo interés.

A esta manera de estudiar el arte se entroncan las tentativas que se han hecho para perfeccionar el gusto, considerado como sentido de lo bello; tentativas que tampoco han producido nada más que vagas, indeterminadas y superficiales consideraciones. El gusto así concebido no puede penetrar en la naturaleza íntima y profunda de los objetos, pues ésta no se revela a los sentidos, ni incluso al razonamiento, sino a la razón, a esta facultad del espíritu, única que conoce lo verdadero, lo real, lo sustancial en todas las cosas. Así, lo que se ha convenido en llamar buen gusto, no osa atacar los grandes efectos del arte; guarda silencio cuando los caracteres exteriores y accesorios dan lugar a la cosa en sí misma. Cuando, en efecto, son las grandes pasiones y los movimientos profundos del alma los que están en escena, ya no se trata de toda esa ostentación de minuciosas y sutiles distinciones por las cuales se preocupa el gusto. Este siente entonces al genio planeado por encima de esta región inferior, y se retira ante su potencia.

¿Cuál es, pues, la parte de lo sensible en el arte y su verdadero papel?

Hay dos maneras de considerar los objetos sensibles en su relación con nuestro espíritu. La primera es la simple percepción de los objetos por los sentidos. El espíritu entonces no aprehende más que su lado individual, su forma particular y concreta; la esencia, la ley,la sustancia de las cosas le escapan. Al mismo tiempo, se despierta en nosotros la necesidad de apropiárnoslas para nuestro uso, consumirlas o destruirlas. El alma siente su dependencia frente a estos objetos; no puede contemplarlos libre y desinteresadamente.

La otra relación de los seres sensibles con el espíritu, es la del pensamiento especulativo o ciencia. Aquí la inteligencia no se contenta con percibir el objeto en su forma concreta y en su individualidad,sino que separa el lado individual para abstraer la ley, lo general,la esencia. La razón se eleva así por encima de la forma individual,percibida por los sentidos, para concebir la idea pura en su universalidad.

El arte difiere a la vez de ambos modos, ocupa el medio entre la percepción sensible y la abstracción racional. Se distingue de la primera, en que no se obstina en lo real, sino en la apariencia, en la forma del objeto, y que no siente ninguna necesidad interesada de consumirlo, hacerle servir para un uso, de utilizarlo. Difiere de la ciencia, en que se interesa por el objeto particular y su forma sensible. Lo que le gusta ver en él, no es ni su realidad material, ni la idea pura en su generalidad, sino una apariencia, una imagen dela verdad, algo de ideal que en él aparece; aprehende el lazo de ambos términos, su acuerdo e íntima armonía. Así que la necesidad que siente es totalmente contemplativa. En presencia de este espectáculo, el alma se siente libre de todo deseo interesado.

En una palabra, el arte crea a su designio imágenes, apariencias destinadas a representar ideas, a mostrarnos la verdad bajo formas sensibles. Por ello, tiene la virtud de remover el alma en sus más íntimas profundidades, hacerla probar los puros goces ligados a la visión y contemplación de lo bello.

Ambos principios se encuentran igualmente combinados en el artista. El lado sensible está encerrado en la facultad que crea,en la imaginación. No es por un trabajo mecánico, dirigido por reglas adquiridas, como ejecuta sus obras. No es tampoco por un procedimiento de reflexión semejante al del sabio que busca la verdad. El espíritu tiene conciencia de sí mismo; mas no puede aprehender de una manera abstracta la idea que concibe; no puede representársela más que bajo forma sensible. La imagen y la idea coexisten en su pensamiento y no pueden separarse. Así, la imaginación es un don de la naturaleza. El genio científico es más bien una capacidad general que un talento innato y especial. Para sobresalir en las artes se precisa un talento determinado, que se revela en la adolescencia bajo la forma de una inclinación viva e irresistible, acompañada de una cierta facilidad para manejar los materiales del arte. Esto es lo que ha hecho al pintor, al escultor, al músico.


c) Fin del arte

Tal es la naturaleza del arte. Si se pregunta cuál es su fin, se ofrecen de nuevo las opiniones más diversas.

La más corriente es la que le da por objeto la imitación. Es el fondo de casi todas las teorías sobre el arte. Pero, ¿a qué viene reproducir lo que ya la naturaleza ofrece a nuestras miradas? Este trabajo pueril, indigno del espíritu al cual se dirige, indigno del hombre que lo produce, no conduciría más que a revelar su impotencia y la vanidad de sus esfuerzos; pues la copia siempre quedará por debajo del original. Por otra parte, cuanto más exacta es la imitación, menos vivo es el placer. Lo que nos place, no es imitar,sino crear. La más pequeña invención sobrepasa todas las obras maestras de la imitación.

Se dirá en vano, que el arte debe imitar la naturaleza bella. Escoger no es imitar. La perfección en la imitación es la exactitud; pero,la elección supone una regla. ¿Dónde tomar el criterium? ¿Qué significa, por otra parte, la imitación en la arquitectura, en la música e incluso en la poesía? (A lo más, explicaría la poesía descriptiva; es decir, el género más prosaico.) Es preciso concluir que si el arte emplea en sus composiciones las formas de la naturaleza y las estudia, su fin no es copiarlas y reproducirlas. Su misión es más alta,su procedimiento más libre. Rival de la naturaleza, como ella y aun mejor que ella, representa ideas; se sirve de sus formas como de símbolos para expresarlas; y las conforma, las rehace sobre un tipo más perfecto y más puro. No en vano se llaman sus obras creaciones del genio del hombre.

Un segundo sistema sustituye la imitación por la expresión. El arte, entonces, tiene por fin, ya no el representar la forma exterior de las cosas, sino su principio interno y vivo, en particular las ideas, los sentimientos, las pasiones y estados del alma.

Menos grosera que la precedente, esta teoría, por la vaguedad en que se mantiene, no es menos falsa y peligrosa. Distingamos aquí dos cosas: la idea y su expresión, el fondo y la forma. Ahora bien, si el arte está destinado a expresarlo todo, si la expresión es el objeto esencial, el fondo es indiferente. Siempre que el cuadro sea fiel, la expresión viva y animada, lo bueno como lo malo, lo vicioso, lo odio .so, lo feo como lo bello, tienen derecho a figurar en él con igual título. Inmoral, licencioso, impío, el artista habrá cumplido su tarea y alcanzado la perfección desde el momento que haya sabido darnos fielmente una situación, una pasión, una idea, falsa o verdadera. Es claro que, si en este sistema el lado de la imitación ha cambiado,el procedimiento es el mismo. El arte no es más que un eco, una ,lengua armoniosa; un espejo viviente donde vienen a reflejarse todos los sentimientos y todas las pasiones. La parte baja y la parte noble del alma, en él se disputan el puesto. Lo verdadero, aquí, es lo real,los objetos más diversos y más contradictorios. Indiferente sobre el fondo, el artista no se aplica más que a dárnoslo bien; se cuida poco de la verdad en sí. Escéptico o entusiasta sin elección, nos hace participar en el delirio de las bacantes o en la indiferencia del sofista.

Tal es el sistema que toma por divisa la máxima del arte por el arte, es decir la expresión por sí misma. Se conocen sus consecuencias v la tendencia fatal que desde siempre ha impreso en las artes.

Un tercer sistema es el del perfeccionamiento moral. No se puede negar que uno de los efectos del arte no sea el dulcificar y depurar las costumbres (emollit mores). Ofreciendo al hombre en espectáculo de sí mismo, templa la rudeza de sus tendencias y pasiones, le dispone a la contemplación y a la reflexión, eleva su pensamiento y sentimientos ligándolos a un ideal que le hace entrever, ideas de orden superior. Desde siempre, el arte ha sido mirado como un potente instrumento de civilización, como un auxiliar de la religión: es, con ésta, el primer maestro de los pueblos; es un medio de instrucción para los espíritus incapaces de comprender la verdad de otro modo que bajo el velo del símbolo y por imágenes que se dirigen tanto a los sentidos como al espíritu.

Pero esta teoría, aunque superior a las precedentes, no es más exacta. Su error es la confusión del efecto moral del arte con su verdadero fin. Esta confusión tiene inconvenientes que no chocan al primer golpe de vista Que se tenga cuidado, sin embargo, que ,asignando al arte un fin extraño, no se le arrebate la libertad, que es su esencia y sin la cual no hay inspiración; no se le impida producirlos efectos que de él se esperan.

Entre la religión, la moral y el arte existe una eterna e íntima armonía; pero no dejan de ser formas esencialmente diversas de la verdad y, conservando los lazos que les unen, reclaman una completa independencia. El arte tiene sus leyes, sus procedimientos, su jurisdicción particular; no debe herir el sentido moral, pero es al sentido de lo bello al que se dirige. Cuando sus obras son puras,su efecto sobre las almas es saludable; mas no tiene por fin directo e inmediato el producirlo. Al buscarlo corre el riesgo de perderlo y errar el suyo. Suponed, en efecto, que el fin del arte sea instruir bajo el velo de la alegoría: la idea, el pensamiento abstracto y general deberá estar presente al espíritu del artista en el momento de la composición. Busca, entonces, una forma que se adapte a esta idea y le sirva de ropaje. ¿Quién no ve que este procedimiento es el opuesto al de la inspiración? De él no pueden nacer más que obras frías y sin vida; su efecto, por tanto, no será ni moral ni religioso,no produciendo más que aburrimiento.

Otra consecuencia de la opinión que hace del perfeccionamiento moral el objeto del arte y de sus creaciones, es que este fin se impone de tal modo al arte y le domina hasta tal punto, que éste no tiene ya ni la elección de sus temas. El moralista severo querrá que no represente más que los asuntos morales. En esto quedaría el arte. Este sistema ha conducido a Platón a excluir los poetas de su república. Por tanto, si bien se debe mantener el acuerdo de la moral y del arte y la armonía de sus leyes, se deben también reconocer sus diferencias e independencia.

Para comprender bien la distinción de la moral y del arte, es preciso haber resuelto el problema moral. La moral es el cumplimiento del deber por la libre voluntad; es la lucha entre la pasión y la razón, el impulso y la ley, la carne y el espíritu. Se desliza sobre una oposición. El antagonismo, en efecto, es la ley misma del mundo físico y moral; pero esta oposición debe ser superada. Este es el destino de los seres que se realiza incesantemente por el despliegue y progreso de las existencias.

Ahora bien, en moral, este acuerdo entre las potencias de nuestro ser para restablecer la paz y la felicidad, no existe. Lo propone como fin a la voluntad libre. Pero el fin y su cumplimiento son cosas distintas. El deber es tender al fin incesantemente y con todo esfuerzo. Así, bajo este aspecto, moral y arte tienen el mismo principio y el mismo fin: la armonía del bien y de la felicidad, de los actos y de la ley. Pero difieren en que en la moral el fin nunca se alcanza completamente. Aparece separado por el medio; la consecuencia está igualmente separada del principio. La armonía del bien y de la felicidad debe ser resultado de los esfuerzos de la virtud. Para concebir la identidad de ambos términos es preciso elevarse a un punto de vista superior que no es el de la moral. En la ciencia, de igual modo, la ley aparece distinta del fenómeno; la esencia, separada de su forma Para que esta distinción se borre, se precisa un modo de concepción que no es el de la reflexión y la ciencia

El arte, por el contrario, nos ofrece en una imagen visible la armonía realizada de los dos términos de la existencia, de la ley de los seres y de su manifestación, de la esencia y de la forma, del bien yde la felicidad. Lo bello es la esencia realizada, la actividad conforme a su fin e identificada con él; es la fuerza que se despliega armoniosamente bajo nuestros ojos en el seno de las existencias y que borra las contradicciones de su naturaleza: feliz, libre, llena de serenidad, en medio del sufrimiento y del dolor. El problema del arte es, por tanto, distinto del problema moral El bien es el acuerdo buscado; lo bello, la armonía realizada.

El verdadero fin del arte es, por consiguiente, representar lo bello, revelar esta armonía. Este es su único destino. Cualquier otro fin, la purificación, el mejoramiento moral, la edificación, la instrucción, son accesorios o consecuencias. La contemplación de lo bello tiene por efecto producir en nosotros una fruición serena y pura, incompatible con los placeres groseros de los sentidos; eleva al alma por encima de la esfera habitual de sus pensamientos, la predispone a nobles resoluciones y acciones generosas por la estrecha afinidad que existe entre los tres sentimientos y las tres ideas del bien, lo bello y lo divino.


Hegel, De lo bello y sus formas (Estètica), Col. Austral, EspasaCalpe, Argentina. Buenos Aires, pàg. 33-45.