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Dilthey: vida i concepció del món/es

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1. La vida

La raíz última de la concepción del mundo es la vida. La vida se halla presente a nuestro saber en formas innumerables y muestra, sin embargo, por doquier los mismos rasgos comunes. Se extiende por la tierra en incontables manifestaciones singulares, es revivida de nuevo en cada individuo, y aunque se sustrae a la observación, como mero momento que es del presente, es retenida, sin embargo, en el eco del recuerdo y, por otra parte, puede ser abarcada en toda su hondura por medio de la comprensión y de la interpretación a medida que se objetiva en sus manifestaciones exteriores, lo mismo que puede serlo al percatarnos de la vivencia propia. No explico, no divido, no hago sino describir la realidad que cada quien puede observar en sí mismo. Cada pensamiento, cada acción interna o exterior emerge como la pauta de algo complicado y puja hacia adelante. Pero también experimento un sosiego íntimo; es un sueño, un juego, una diversión, una contemplación, una animación ligera, como un subfondo de la vida. En ella no considero otros hombres y cosas como meras realidades que se hallan en una conexión causal conmigo y entre sí, sino que de mí parten hilos vitales, me «comporto» con hombres y cosas, tomo posición frente a ellos, cumplo con sus exigencias y espero algo de ellos. De entre ellos algunos me hacen feliz, ensanchan mi existencia, acrecientan mi fuerza, otros me deprimen y angostan. Y siempre que el empuje concreto hacia adelante le deja al hombre lugar para ello, percibe y siente esta clase de relaciones. El amigo es para él una fuerza que potencia su propia existencia, cada miembro de su familia ocupa un lugar en su vida y todo lo que le rodea es comprendido por él como vida y espíritu que se ha objetivado de esa manera. El banco junto a la puerta, el árbol umbroso, la casa y el jardín encuentran su ser y su significado en esta objetivación. Así, la vida se crea en torno a cada individuo su propio mundo.

2. La experiencia de la vida

De la reflexión sobre la vida nace la experiencia de la vida. En ella se convierten en un saber objetivo y general los sucesos singulares provocados por nuestros impulsos y sentimientos en su confluencia con el ambiente y el destino. Así como la naturaleza humana es siempre la misma, también los rasgos fundamentales de la experiencia de la vida son comunes a todos. La caducidad de las cosas humanas y, con ellas, de nuestra fuerza para gozar de las horas; el afán, que se da lo mismo en las naturalezas fuertes que en las débiles, por superar esta caducidad mediante la construcción de un firme armazón de la existencia y, en naturalezas más blandas o más cavilosas, la insatisfacción constante y el anhelo de buscar algo verdaderamente perenne en un mundo invisible; la potencia incontenible de las pasiones, que fabrican, como un sueño, imágenes fantásticas, hasta que se disipa la ilusión. De esta suerte se va configurando de diversos modos la experiencia vital de cada uno. El fondo común lo constituye la idea acerca del poder del azar, de la caducidad de todo lo que poseemos, amamos, odiamos y tememos, de la presencia constante de la muerte, que fija poderosamente a cada uno de nosotros el significado y sentido de la vida.

A lo largo de la cadena de los individuos va surgiendo la experiencia general de la vida. Con la recurrencia regular de experiencias singulares, se va acumulando en la coexistencia y sucesión de los hombres una tradición de expresiones que va cobrando con el transcurso del tiempo una exactitud y seguridad mayores. Su seguridad descansa en el número siempre creciente de los casos sobre los que sacamos nuestras conclusiones, en la subordinación de éstas a generalizaciones ya existentes y en la prueba constante; y también en esos casos en que los principios de la experiencia de la vida no llegan expresamente a la conciencia siguen operando sobre nosotros. Todo lo que en nosotros manda como costumbre y tradición se basa en semejantes experiencias de la vida. Pero siempre, lo mismo en las experiencias singulares que en las generales, el género de certeza y el carácter de su formulación es por completo diferente de una validez universal de carácter científico. El pensamiento científico puede examinar el método en que descansa su seguridad y puede formular y fundar con exactitud sus proposiciones, mientras que ni el origen de nuestro saber acerca de la vida puede ser examinado tan puntualmente ni es posible trazar de él fórmulas bien perfiladas y firmes.

Entre estas experiencias de la vida se encuentra también la urdimbre en la que la «mismidad» del yo se entrelaza con otras personas y con los objetos externos. La realidad de este yo, de las otras personas, de las cosas en torno nuestro y de sus relaciones regulares constituye el armazón de la experiencia de la vida y de la conciencia empírica que se va formando en ella. Podemos designar el yo, las personas y las cosas en torno como los factores de la conciencia empírica, y ésta encuentra su cuerpo en las relaciones entre estos factores. Y cualquiera que sea el método que adopte el pensamiento filosófico, ya haga abstracción de los factores o de sus relaciones, éstos siguen siendo los supuestos determinantes de la vida misma, indestructibles al igual que ésta y no modificables por ningún pensamiento, ya que se fundan en las experiencias de vida de innumerables generaciones. Entre estas experiencias de la vida, aquellas que se basan en la realidad del mundo exterior y en mis relaciones con él son las más importantes, pues limitan mi existencia, ejercen una presión sobre ella que yo no puedo eludir y obstruyen en forma inesperada e insuperable mis intenciones. El complejo de mis inducciones, la suma de mi saber reposan en estos supuestos basados en la conciencia empírica.

3. El enigma de la vida

Si contemplamos el conjunto de las cambiantes experiencias de la vida, surge la faz de la vida misma, llena de contradicción, al mismo tiempo vida y ley, razón y arbitrariedad, mostrando siempre aspectos nuevos y, si clara acaso en los detalles, en su totalidad misteriosa. El alma trata de abarcar en un todo la trama vital y las experiencias que sobre ella se montan, pero no puede. El centro de todas las incomprensiones lo encontramos en la generación, el nacimiento, el desarrollo y la muerte. El viviente sabe de la muerte y no puede, sin embargo, comprenderla. Desde la primera mirada que lanzamos a un muerto, la muerte es inaprehensible para la vida, y en esto descansa, en primer lugar, nuestra posición ante el mundo como frente a algo extraño y terrible. Tenemos en el hecho mismo de la muerte un como forzamiento a representaciones fantásticas, que procuran hacerla comprensible; la creencia en los espíritus, el culto a los antepasados, a los muertos, engendran las representaciones fundamentales de la fe religiosa y de la metafísica. Y va aumentando la extrañeza de la vida a medida que el hombre va experimentando en la sociedad y en la naturaleza una lucha permanente, una aniquilación constante de unas criaturas por otras y, en general, el imperio de la crueldad. Apuntan contradicciones extrañas que van cobrando cada vez más conciencia en la experiencia de la vida y que no son resueltas nunca: la caducidad general y la voluntad nuestra por algo firme, el poder de la naturaleza y la espontaneidad de nuestra voluntad, la limitación de cada cosa en el tiempo y en el espacio y nuestra facultad de sobrepasar todo límite. Estos enigmas han hecho cavilar a los sacerdotes egipcios y babilónicos no menos que al predicador de hoy, a Heráclito y Hegel, al Prometeo de Esquilo y al Fausto de Goethe.


Ver "La ley formativa de las concepciones del mundo"

Ver "La diversidad de las concepciones del mundo".